Franceschi Giorgio
 |
|
2a_Spediz_GCE_1
|
 |
|
2a_Spediz_GCE_2
|
 |
|
fiat_cr32bis_GCE.jpg
|
 |
|
Franceschi ripreso durante la navigazione
verso la Spagna
|
GIORGIO FRANCESCHI : UN LANCE
DE LA GUERRA CIVIL EN LA CORONADA
by Wenceslao Corral - Spanish
story investigator from Extremadura
 |
|
fra001
|
INTRODUCCIÓN
Circulan por la toda la
geografía española casos e historias diversas referidas a
la Contienda Civil de 1.936 que reflejan situaciones y experiencias vividas
de un modo excepcional por sus protagonistas y que en no pocas ocasiones
cambiaron el curso de sus existencias. En La Coronada ocurrió una
de esas pequeñas (o grandes, según se mire) historias de
la guerra, que por ser absolutamente singular, poco habitual y mucho menos
conocida, merece ser recordada y colocada en el lugar de la historia coronela
que sin duda debería tener. Lo que relataré a continuación
son hechos que considero verídicos tomados de diversas y contrastadas
fuentes: escritas, orales y de internet. No obstante, he querido adoptar
un estilo novelado, únicamente con el objeto de darle un poco más
de agilidad a la narración y tratar de que resulte más amena
sin perder por ello en absoluto la veracidad.
 |
|
fra002
|
CAPITULO 1.- CALUROSA MAÑANA
DE
VERANO.
Corría el dieciséis
de septiembre de 1.936. La fratricida lucha entre las dos Españas
llevaba escasamente dos meses de actividad. El calor apretaba de lo lindo
aquel mediodía en La Coronada, al igual que en todos los pueblos
y campiñas de La Serena. El “lorenzo”, inmisericorde, los caldeaba
desde lo alto y el tenaz soniquete de las chicharras aún se oía
por los campos; eran los últimos coletazos del verano que, incrementados
por la ola de calor sufrida aquel año, se hacían notar. Sus
gentes, acostumbradas de toda la vida a aquellos calores, realizaban sus
tareas de manera resignada y diligente. Aquel día había algunas
mujeres en la orilla del Zújar, junto al molino, frente a la ermita
de Santa María. Lavaban en sus límpidas aguas los sacos de
ropa que habían transportado a lomos de burro una legua desde el
pueblo. Aquellas lavanderas no estaban solas, habían venido acompañadas
de sus maridos, hermanos o de sus adolescentes hijos, que se divertían
por los alrededores; no hay que olvidar que estaban en guerra y era mejor
no alejarse del pueblo en solitario. También contaban con la presencia
del molinero de Santa María y su familia. De improviso, la tranquilidad
del rutinario trabajo y las amenas conversaciones se cortaron cuando un
lejano ruido monocorde comenzó a oírse y todos miraron hacia
arriba. Paulatinamente fue haciéndose más y más audible
hasta que fue claramente identificado como el sonido producido por el motor
de un avión. Apareció ante ellos saliendo de entre los cerros
de la cuesta Grande.
 |
|
fra010
|
CAPÍTULO 2.- EN LA
CARLINGA DEL “CHIRRI”.
La hélice giraba
sin cesar a dos metros de su cara; tenía metido hasta el fondo de
sus tímpanos el infernal sonido del motor Fiat V12 de seiscientos
caballos, pero eso no le importaba; le gustaba aquel sonido y lo consideraba
bello. Metido en la carlinga de su flamante biplano viajaba Giorgio Franceschi
Frandassa, en un infortunado viaje que sin quererlo él terminó
en La Coronada. Tenía empleo de subteniente-piloto en el 4º
stormo de la Regia Aeronáutica Italiana, había nacido en
Roma el 17 de Junio de 1.911 (veinticinco años por tanto), y era
el único ocupante de aquel FIAT CR 32 Bis (Chirri), pintado con
colores de camuflaje y los distintivos de la Aviación Legionaria,
el Tercio perteneciente a al ejército de los militares que se habían
rebelado contra la República, el Frente Popular y el Gobierno, elegidos
democráticamente por el pueblo. Llevaba la numeración 3-6,
identificativa de su aparato, así como el número de fabricación,
431, en el timón de cola. Regresaba del frente de Talavera de la
Reina y buscaba su base en Cáceres, pero se encontraba absolutamente
perdido y empezaba a angustiarse; volaba cadenciosamente a media altura,
fuera del radio de acción de francotiradores y antiaéreos.
Mantenía una velocidad de crucero algo baja para economizar combustible
y precisamente esa era una de las cosas que más le preocupaban,
ya que llevaba volando más de dos horas y el depósito se
estaba consumiendo hasta límites preocupantes. Pero lo peor era
que no conseguía orientarse; buscaba algún punto de referencia
que le permitiese encontrar de nuevo la dirección correcta y poder
regresar sano y salvo a su base cacereña, pero todo iba a jugar
aquel mediodía en su contra. A esas horas sus compañeros
de patrulla y compatriotas, Adriano Mantelli y Raffaele Chianese, ya estarían
seguramente en ella y se preguntarían qué habría sido
de él. Sólo llevaban veinte días en España,
de ellos los últimos siete en Cáceres, cubriendo desde allí
el frente de Talavera. Desconocía absolutamente el terreno, además
sólo le habían proporcionado un mapa Michelín de carreteras
de la época, que únicamente indicaba las poblaciones más
importantes. El aparato, bastante moderno, disponía de los relojes
y controles habituales instalados en los aviones de aquellos tiempos y
nada más, ni siquiera tenían radio. Le habían explicado
lo que debía hacer para regresar en solitario a territorio amigo
en caso de pérdida o avería: debía volar, si era por
la mañana, teniendo el Sol en la cola y, si era al atardecer, debía
tenerlo delante de la hélice. No importaba gran cosa si se pasaba
de largo a Portugal. Desgraciadamente eso no le servía en esta ocasión
por ser mediodía y estar el Sol en su cenit.
-¿Dónde estaré
ahora? – se preguntaba escrutando el paisaje - No hay manera de encontrar
el aeródromo. Ni rastro de Mantelli ni de Chianese…, por más
que miro y miro no conozco este terreno.
 |
|
fra023
|
CAPÍTULO 3.- MIEDO
A SER EJECUTADO COMO MONIC0.
El desconocimiento del territorio
de combate estaba a punto de pasarle una cara factura. No sabría
nunca que él y su extravío serían el punto de inflexión
para que en las futuras patrullas de aviones de caza, hasta ese momento
integradas por pilotos voluntarios venidos de Italia, fuesen incluidos,
como norma habitual, también pilotos de origen español, expertos
conocedores del terreno. Con esa manera de proceder las garantías
de tener un regreso con éxito de las misiones aumentarían
considerablemente. Precisamente de esas formaciones mixtas destacarían
algunos pilotos españoles que, posteriormente, serían considerados
“ases de la aviación” en el bando nacional, como Joaquín
García Morato o Ángel Salas Larrazábal, pero esa es
otra historia. Giorgio Franceschi sentiría pánico aquel mediodía
al pensar que podía ser capturado y ejecutado inmediatamente al
tocar tierra, tal y como le había sucedido cerca de Talavera quince
días antes a su amigo y compañero Ernesto Monico. No le gustaba
la idea de que sus compañeros de escuadrilla tuviesen que llevar
pintado su nombre en el fuselaje de sus aviones con grandes y negras letras
en su memoria, al igual que él llevaba el de Ernesto pintado en
el flanco izquierdo de su biplano: “Monico ! presente”.
 |
|
fra004
|
CAPÍTULO 4.- RECUERDOS
DE ITALIA.
Durante aquel vuelo, miraría
insistentemente Giorgio hacia un lado y otro de la carlinga, escudriñando
entre el amarillento terreno extremeño que atisbaba debajo, algún
punto de la ruta entre el frente de Talavera y Cáceres que le permitiese
reorientarse. Su mente, tras el paso inexorable de los minutos, al mismo
tiempo iría sumergiéndose poco a poco en pensamientos y vivencias
pasadas, dejándose invadir tal vez por agradables recuerdos. Llevaba
veinte días en España nada más, pero los había
vivido con intensidad. Su memoria volaría quizás hasta su
italiana tierra un mes y medio antes, cuando todo empezó: en los
primeros días de agosto, su respetado Comandante General de la División
Aérea, S.A.R. Amedeo di Savoia, tercer Duque de Aosta (nieto del
que fuera rey de España, Amadeo 1º), acompañado del
comandante del 4º Stormo de caza, reunió a todos sus pilotos
en el aeropuerto de Gorizia, junto a la frontera de la actual Eslovenia.
Todos acudieron a la llamada de su superior. Recordaría cómo
el Duque hizo un breve pero encendido discurso, que hablaba de honor, de
lealtad y de lo que se esperaba de ellos, los famosos pilotos de la Regia
Aeronáutica. Fue entonces cuando solicitó voluntarios para
una “misión especial” en un país extranjero no especificado,
que tendría una duración aproximada de un mes o poco más.
Las palabras de su superior resonarían tal vez en su cerebro: “Quien
se ofrezca voluntario para esta misión, que dé un paso adelante”.
Todos los pilotos, como un solo hombre, adelantaron aquel paso que reclamaba
su jefe.
CAPÍTULO 5 .- EL COMIENZO
DEL VIAJE A ESPAÑA.
Sólo un puñado
de pilotos, entre todos aquellos que se ofrecieron, fueron los elegidos
para el primer envío: nueve en total, y Giorgio fue uno de ellos.
Sus vívidos recuerdos le transportaron mentalmente al comienzo de
aquella aventura hacia lo desconocido: al viaje que condujo a aquellos
nueve pilotos desde su acuartelamiento en el aeropuerto de Gorizia, atravesando
Italia por tren de este a oeste pasando por Venecia, Padua, Verona y Parma,
hasta recalar finalmente en el puerto de La Spezia, en el Mar de Liguria.
Allí estaba esperándolos el buque “Ebro”, antes de bandera
española y ahora bajo la enseña italiana, rebautizado con
el más discreto nombre de “Aniene”, para embarcar en él y
ser conducidos hasta el “país extranjero”. Ellos iban a ser los
nueve primeros pilotos de todo un contingente que enviaría Italia,
como ayuda al bando fascista en la Guerra Civil. Por supuesto también
se trasladó junto con ellos un equipo de cinco mecánicos
especialistas de aviación y, por descontado, nueve flamantes Fiat
CR32 desmontados y embalados, además de los consiguientes repuestos,
armas y munición. Las órdenes eran claras y estrictas: la
misión debía permanecer secreta ya que el gobierno de Mussolini
era contrario, por el momento, a dar apoyo oficial a los insurgentes españoles,
con el objeto de no incumplir el Pacto de No Intervención, que estaba
vigilado por el Comité de Londres. Por ese motivo el destino y propósito
de la misión no fue revelado hasta estar el buque navegando ya en
mar abierto. Cuando se abrieron los sobres con las órdenes, el país
resultó ser España y se apoyaría a las tropas levantadas
contra La República, lideradas por el General Franco. A bordo fueron
distribuidos pasaportes con nombres y apellidos falsos, con los que serían
alistados, a su llegada al destino, en la recién creada Aviación
Legionaria perteneciente al Tercio y que tenía su sede en Melilla.
Giorgio tendría vivos también los recuerdos de aquellos ocho
compañeros de aventuras, sus caras, sus nombres y sus “apodos” para
esta misión: subteniente piloto, Dante Olivero (al mando de la escuadrilla);
subteniente piloto, Adriano Mantelli (“Arrighi”); sargento piloto, Raffaele
Chianese (“Giglio”); sargento piloto, Bruno di Montegnacco (“Romualdi”);
sargento piloto, Gian Lino Baschirotto (“Giri”); sargento piloto, Achille
Buffali (“Guelli”); sargento piloto, Raoul Galli (“Milando”); sargento
piloto, Manlio Vivarelli (“Gugliemonti”), así como él mismo:
el subteniente piloto, Giorgio Franceschi con el alias “Saletti”.
 |
|
fra005
|
CAPÍTULO 6.- LA TRAVESÍA
EN BARCO
Sin duda aquellos recuerdos
del viaje hacia el “país extranjero” le resultarían agradables
y placenteros, porque fue de lo más parecido a un crucero de vacaciones.
Se vio tomando confortablemente el sol, sentado sobre una tumbona, sobre
la cubierta del barco que los acercaba a la guerra. Navegaron atravesando
todo el Mediterráneo, desde Italia hasta el estrecho de Gibraltar,
remontando seguidamente toda la costa portuguesa hasta recalar finalmente
en Vigo, dejando atrás veinte días de travesía. Ésta
discurrió con relativa tranquilidad exceptuando un incidente que
los demoró bastantes días en Cerdeña. El contratiempo
consistió en que poco después de la partida, el Servicio
de Inteligencia Militar (SIM) italiano detectó que la tripulación
del barco, de nacionalidad española, tenía el plan de entregar
el navío con todo su contenido a La República en un puerto
leal, por lo que inmediatamente se dio orden al buque de dirigirse al puerto
de Cagliari, en la isla de Cerdeña. Allí quedó anclado
a la entrada del puerto. Tras los pertinentes interrogatorios y pesquisas
que motivaron finalmente el cambio total de la tripulación, se continuó
el viaje tras casi una semana de retraso. Salieron de Gorizia el día
7 de agosto, y partieron luego desde el puerto de La Spezia el día
10; cuando arribaron a Vigo era la noche del 26 al 27. La suya fue la primera
expedición de pilotos de caza italianos enviados a combatir en España,
sin embargo, no serían los primeros que harían volar sus
“Chirris” sobre cielo español. Otro segundo contingente de doce
pilotos y aviones saldría poco después en otro barco desde
el mismo puerto y llegaría a Melilla el día 14, trece días
antes que ellos. Esta diferencia de fechas se debió a dos razones:
el incidente con la tripulación que los retrasó en Cagliari
y la mayor distancia a Vigo que a Melilla. Cuando ellos tocaron tierra
española, hacía ya diez días que prestaban servicio
los doce CR32 que vinieron en aquel segundo envío. Mientras seguía
volando -sin saberlo- hacia tierras de La Serena, volvería a evocar
con nostalgia las plácidas madrugadas sobre la cubierta del “Aniene”,
en la inmensidad del Mediterráneo, y se rememoró una vez
más con la mirada vuelta hacia aquella infinidad de estrellas que
poblaban el firmamento, dándole al mar y a la noche un aspecto nunca
visto desde tierra.
CAPÍTULO 7.- EN ESPAÑA.
INFERNAL VIAJE POR TREN. LLEGADA A SEVILLA.
Aquellas recientes imágenes
seguían acudiendo a su pensamiento mientras la ronroneante hélice
de su “chirri” le hacía avanzar en el cielo extremeño. Nada
más desembarcar los aviones y el material en el puerto de Vigo,
éstos son cargados y trasladados por ferrocarril con destino Sevilla,
junto con sus pilotos y especialistas. El tren utilizado era prehistórico
y destartalado, tanto que no superaba en ningún momento la irrisoria
velocidad de 10 Km. /hora. Sonrió con ganas al recordar aquel vetusto
tren bajando lentamente por todo el oeste español, bordeando la
frontera portuguesa, y en donde uno podía perfectamente bajarse
de él, hacer las necesidades fisiológicas oportunas, y volver
a subirse en el último vagón sin demasiadas complicaciones
ni esfuerzo. Menos mal que a la llegada del convoy a la ciudad de Cáceres,
aquellos machacados pasajeros recibieron alborozados la orden de abandonar
aquel tren para dirigirse al aeródromo local y esperar allí
la llegada de tres pilotos compatriotas que acudían desde Portugal.
Éstos pertenecían al segundo contingente que envió
Italia, el cual llevaba ya diez días volando en diversas misiones.
Resultaron ser el capitán Dequal y los sargentos Avicco y Patriarca;
se habían desorientado en un vuelo de Sevilla a Cáceres y
habían acabado aterrizando en la ciudad portuguesa de Portalegre.
Cuando se vieron de nuevo aquellos compañeros de cuartel, los saludos
emocionados fueron la norma general. Aquella noche del 28, un trimotor
Junkers JU52 los trasladó a todos desde Cáceres a la sevillana
base de Tablada. Los aviones y el material continuaron su viaje por tren
hasta la ciudad andaluza. La llegada a Sevilla significó volver
a disfrutar de las comodidades de una habitación particular. A los
oficiales se les asignó como cuartel el Hotel Cristina y a los suboficiales
el Hotel Moderno, pudiendo por fin disfrutar todos de un cómodo
y lujoso albergue. Desde el hotel, no obstante, se dirigirá cada
día a las cinco de la mañana al aeródromo de Tablada,
para tomar contacto con su recién ensamblado avión y llevar
a cabo las primeras misiones encomendadas, que fundamentalmente consistían
en dar protección aérea a los más pesados bombarderos
Junkers JU-52 y Savoia SM-81.
 |
|
fra018
|
CAPÍTULO 8.- EL DESTINO
FINAL: CACERES.
Tras una semana de patrullas
en Andalucía, el día 9 de septiembre diez pilotos recibieron
la orden de volar con sus CR32 hasta el aeródromo de Cáceres
y formar allí una escuadrilla (la conocidísima algún
tiempo después con el nombre de “La Cucaracha”) al mando del capitán
Vincenzo Dequal. Dicha escuadrilla estaría compuesta, aparte del
mencionado capitán, por Mantelli, Buffali, Chianese, Vivarelli y
Franceschi de la expedición de Vigo y de Patriarca, Avvico y Magistrini
de la de Melilla. A esta formación cacereña se sumó
también el aviador español Joaquín García Morato,
que había llegado a Sevilla el día 5 para su incorporación
al grupo. Sonriendo sin darse cuenta, Franceschi recordó el caso
gracioso que le ocurrió a este futuro “as” de la aviación
nacional a su llegada al aeródromo sevillano: lo primero que hizo
Morato fue preguntar cual era el nombre del capitán de la primera
escuadrilla, a lo que Bonomi, uno de los pilotos italianos, le respondió:
- "Dequal". El español
le aclaró:
- De la primera.
El italiano le volvió
a responder:
- “Dequal”. García
Morato, mosqueado, volvió a insistir diciendo:
-¿de cual va a
ser, hombre?... ¡pues de la primera escuadrilla!; Bonomi le volvió
a repetir impasible:
-“Dequal”. Morato
pensaba que estaban de chanza con él, pero cuando le aclararon al
estupefacto piloto español que el capitán por el que preguntaba
se llamaba así: Dequal, todos rieron la ocurrencia. Al día
siguiente, 10 de septiembre, llegaría a Cáceres por carretera
el resto del personal, los mecánicos especialistas y los pertrechos,
estableciéndose la base operativa de la escuadrilla en el aeródromo
cacereño. El objetivo era vigilar y defender el frente, que estaba
situado en las inmediaciones de Talavera de la Reina. De esta manera se
sucedieron las patrullas diarias (una patrulla estaba conformada por tres
aviones) hasta aquella zona, y con frecuencia varias veces al día.
Al día siguente,11
de septiembre, Giorgio se apunta su primer derribo en combate, abatiendo
un Dewoitine 372 en el citado frente, en la zona de la sierra de San Vicente.
CAPÍTULO 9.- AQUELLA
MAÑANA DE SEPTIEMBRE. ÚLTIMO COMBATE Y EXTRAVÍO.
¿Qué le había
sucedido aproximadamente una hora antes para que se hallara en semejante
situación de extravío? Había salido de Cáceres
aquella mañana en misión de patrulla hacia el frente situado
en la zona de Oropesa-Talavera de la Reina junto con sus compañeros
Raffaele Chianese y Adriano Mantelli. A la altura de Talavera, cerca de
donde quince días atrás cayera Monico, vieron aparecer de
improviso tres aviones: dos cazas Dewoitine 371 y un Miles M2H, avión
monoplano biplaza de reconocimiento. Se dirigían hacia el frente
en dirección sudoeste, e inmediatamente Mantelli se lanzó
en pos de uno de los Dewoitine. Casi al unísono, Chianese y él
mismo hicieron lo propio, cada uno detrás de un oponente. Raffaele
Chianese hizo blanco rápidamente, derribando al segundo Dewoitine,
e inició un seguimiento de la caída de su adversario para
confirmar la baja. Tras abandonarlo a su suerte, reinició de nuevo
el ascenso hasta la cota donde estaban los demás. En ese momento
aparece súbitamente delante de su hélice el Miles M2H todo
pintado de rojo; le dispara una ráfaga que lo alcanza y, justo en
ese momento, descubre a Franceschi que le corta la trayectoria, pues venía
persiguiendo al mismo avión al que él estaba disparando.
Giorgio, al percatarse de la peligrosa situación, hace una ágil
maniobra evasiva para evitar el “fuego amigo” de su compañero, descendiendo
a una cota más baja. Cuando estabilizó el avión y
ascendió nuevamente para reagruparse, se encontró completamente
solo. Miró y remiró para todos los lados y no vio a nadie.
El indicador de nivel de combustible aconsejaba enfilar cuanto antes el
camino de regreso y así lo hizo. Entonces fue cuando tomó
una dirección equivocada porque, desorientado, en vez de encaminarse
en el rumbo correcto oeste-sudoeste para así regresar a Cáceres,
se dirigió mucho más al sur y, lamentablemente para él,
ese
error no le llevaría jamás a su base cacereña, sino
hacia los ríos Guadiana y Zújar, en el noroeste de la comarca
de La Serena.
CAPÍTULO 10.- EL ATERRIZAJE
EN LA CASA DE PERALES. LOS MILICIANOS.
Al escuchar por primera
vez el “rateo” del motor, debido a la falta de combustible, Giorgio debió
salir bruscamente de aquella profusión de recuerdos. Instintivamente
miró a su alrededor para hacerse una rápida composición
de lugar; era inútil, seguía sin reconocer nada de lo que
veía, pero debía tomar una determinación urgente:
tomar tierra lo antes posible. Debajo de su avión divisaba un pueblo
no muy grande, con la iglesia en un extremo y una gran charca en el otro;
a su derecha, a lo lejos, vislumbraba una población mucho mayor
que la que tenía debajo y, delante de él, en la falda de
un monte que contenía en su cima las ruinas de un castillo, había
otra pequeña población. Recordó que poco antes había
pasado sobre dos ríos cercanos el uno del otro y giró en
redondo. Mientras volvía sobre sus pasos consultó su mapa
Michelín y comprobó que aquellos dos cursos de agua eran
el Guadiana y el Zújar. Intranquilo, tuvo la seguridad de que se
hallaba en territorio fiel a La República, concretamente en la que
más tarde se llamaria ”Bolsa de La Serena”. Pensó, tal vez,
que si regresaba de nuevo hacia aquellos dos ríos podría
intentar llegar al frente situado, en aquellas fechas, a pocos kilómetros
delante de él, en la población de Madrigalejo; pero el motor
de su avión le indicaba que iba a ser una empresa imposible de cumplir.
Cuando pasó sobre una encalada ermita, junto al primer río,
tuvo ya seguro que no podría ir mucho más lejos, así
que buscó un lugar idóneo para efectuar el aterrizaje forzoso.
Lo hizo en las traseras del lujoso cortijo del Marqués de Perales,
en un cercado de la dehesa llamada “Quinto Vacas.” Ignacio Gutiérrez
y Ángel Corraliza eran campesinos de lo más humilde que,
como muchos otros, al estallar el conflicto tomaron parte activa como milicianos
en la defensa de la República, sustituyendo a la labranza por sendos
caballos y fusiles. Eran defensores convencidos de lo que representaba
para ellos el Frente Popular: la Reforma Agraria con su lucha por el pan
y la tierra, la igualdad ante el abusivo poder de los grandes terratenientes
y la posibilidad de un futuro mejor para las clases campesina y obrera.
No hacerlo sería como aceptar volver de nuevo al yugo del hambre
y la oligarquía opresora. Prestaban servicio de vigilancia precisamente
en la zona de los ríos Zújar y Guadiana cuando oyeron el
avión. Lo buscaron con la vista y comprobaron que venía en
su dirección. Echaron pie a tierra viendo que el aeroplano se acercaba
y, al pasar por su vertical, divisaron las insignias rebeldes. Le hicieron
varios disparos, pero el avión continuó su ruta unos kilómetros
más, hasta tomar tierra tras la Casa de Perales. Montaron entonces
de nuevo en sus caballos y los espolearon, lanzándose al galope
en dirección al sitio donde aquel biplano parecía haberse
posado. Tardarían en llegar allí el tiempo suficiente para
que el piloto abandonase el avión e intentara camuflarse y huir
por tierra.
CAPÍTULO 11.- LAVANDO
EN EL RÍO. CURIOSIDAD Y SUSTO.
Había varias mujeres
en el río Zújar, frente al molino de Santa María.
Todas ellas llegaron hasta allí por la mañana temprano con
sus sacos de ropa, el “batiero” (tabla de lavar), algunos trozos de jabón
hecho en casa con aceite refrito y sosa cáustica, además
de la imprescindible burra como medio de locomoción y transporte.
Su tarea ese día era lavar y solear toda aquella ropa que traían.
Vieron pasar el aeroplano por encima de ellas cruzando el Zújar
en dirección al cortijo de Perales. observaron asimismo cómo
el piloto describió un amplio círculo mientras perdía
altura, como buscando un sitio para tomar tierra. Así lo hizo finalmente,
tras el mencionado cortijo, dentro del cercado allí existente. Los
mocitos que acompañaban a aquellas mujeres, y un sobrino del molinero,
salieron andando a paso más que ligero en dirección al supuesto
punto de aterrizaje. También les seguía el mencionado molinero,
pero éste a lomos de su caballo. No eran demasiado conscientes del
peligro que podían correr, pero aquella era una buena oportunidad
para ver de cerca uno de aquellos aparatos voladores. lo divisaron al coronar
el Cerro Pelado y se dirigieron hacia él. Cuando llegaron al cercado,
en la finca “Quinto Vacas”, aquellos mocetes salvaron de un salto el muro
de piedra que rodea la finca, solo el molinero buscó la cercana
puerta por ir montado a caballo, y todos allí entonces pudieron
verlo con todo detalle: el flamante Fiat CR32 estaba posado en tierra a
menos de 200 metros de la casa; nunca habían visto uno a tan poca
distancia. No vieron a ninguna persona, pero cuando se acercaron un poco
más al aparato, oyeron exclamar:
- ¡Fuera de ahí!
Al mismo tiempo sonaron
dos tiros; eran los milicianos apostados como a unos cien metros del aeroplano.
Al oír las detonaciones
y sin ver a nadie siquiera, los mozangones echaron a correr huyendo a todo
lo que daban de sí las piernas, de modo que más que correr,
aquello era volar pero sin avión; pudiera ser que batieran algún
récord al saltar olímpicamente el muro de piedra de la finca
de nuevo. Ni siquiera se pararon a esperar al molinero con su caballo,
que para salir tuvo, lógicamente, que volver a buscar la puerta.
Regresaron a su punto de partida junto al molino de Santa María
y no supieron más. Ángel e Ignacio, los dos milicianos, tras
darles un buen susto a aquellos curiosos, llegaron hasta el biplano comprobando
que estaba abandonado; desde allí se fueron a inspeccionar el chozo
cercano, donde encontraron el mono y el gorro del piloto, una cartera con
su documentación y algunos planos y mapas. Lo requisaron todo y
salieron de nuevo a caballo en busca del fugitivo. Al poco rato observan,
en el camino que va de la Casa de Perales al vado del Pontón, en
el río Zújar, a un labriego con un extraño y titubeante
comportamiento por lo decidieron darle el alto. Era Franceschi.
CAPÍTULO 12.- EL DESENLACE.
Entre tanto, tras el aterrizaje,
lo primero en que pensaría Giorgio cuando su avión quedó
definitivamente parado en tierra debió ser en su amigo y camarada
Ernesto Monico y en el trágico final de éste. Sabía
que no había caído en sitio seguro pues estaba en territorio
fiel a la República, zona enemiga para él, y sabía
perfectamente lo que eso podía significar. Su compañero Monico
lo había sufrido hacía dos semanas en sus propias carnes
tras lanzarse en paracaídas, y cosas terribles se contaban de otros
sitios. Ahora le estaba tocando a él, pero lo tenía claro:
no se rendiría y lucharía hasta el final; además,
aún no había sido capturado. Debía intentar camuflarse,
pasar desapercibido, pero la indumentaria de piloto que llevaba era demasiado
llamativa para conseguirlo. Vio un chozo de pastores cerca del lugar del
aterrizaje y se dirigió a su interior, donde consiguió cambiar
el delator mono de aviador y los correajes por sencilla ropa campesina,
dejando además escondida allí su documentación; de
esta manera disfrazado, se lanzó a intentar una fuga campo a través
sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos. ¿Querría
encaminarse hacia Madrigalejo, en donde estaba el frente, para pasarse
a su bando, lo que significaría la salvación? La realidad
fue que marchó en dirección contraria, hacia el río
Zújar. Llevaba ya andando un rato por la dehesa de Canalejas, mirando
continuamente hacia todos los lados, cuando el grito de los milicianos
le dejó paralizado:
-¡Eh, tú: párate
ahí! ¡Alto!
Intentó primeramente
continuar andando como si no hubiese sido la cosa con él, aunque
intuía que la jugada no le iba a funcionar.
-¡Alto ahí!
¡Te paras o disparo!
Se detuvo nervioso y tenso.
Quizás pensó que no iba a permitir que le sucediera a él
igual que a su amigo Ernesto, que prefería luchar hasta el final
como soldado que era, así que echó mano de su pistola Beretta
reglamentaria y comenzó a apuntar a los que les habían dado
el alto. Los milicianos, al verle sacar el arma le dispararon a su vez.
Dio comienzo entonces un breve tiroteo, en el que Giorgio fue rápidamente
alcanzado de lleno, cayendo muerto al suelo; sería aproximadamente
la una del mediodía. Pensaría Giorgio, quizás, mientras
su vida se le escapaba a borbotones por las heridas, en su bella tierra
italiana natal a la que ya no volvería vivo; en su padre, en su
amada madre…quizás. Sólo tenía veinticinco años.
La estancia de Giorgio Franceschi en la Guerra Civil Española fue
ciertamente efímera: diecinueve días en total. Él
no tuvo oportunidad, como otros si hicieron posteriormente, de demostrar
que era un auténtico “as” de la aviación y que por algo había
llegado al grado de subteniente. Y no llegaría nunca a imaginar
que su muerte iba a servir para que aconteciera uno de los más emotivos
capítulos de la historia de La Coronada.
CAPÍTULO 13.- ENTIERRO,
EXHUMACIÓN Y FUNERAL.
El cuerpo del joven piloto
italiano había quedado abandonado a su suerte en el mismo sitio
en que cayó: en unas peñas junto al camino que sube del vado
del Pontón a la Casa de Perales, por supuesto tras ser registrado
por los milicianos que le abatieron. Éstos, por cierto, serían
posteriormente considerados como héroes. Una patrulla de investigación
enviada por la Comandancia Militar de Villanueva de la Serena al lugar
del suceso, tras ser informada de lo acontecido, fue la encargada de custodiar
el aeroplano en Quinto Vacas hasta la llegada de un piloto, probablemente
ruso, que sería el encargado de trasladarlo por aire a un aeródromo
de zona republicana, ya que el
aparato estaba intacto y
en perfectas condiciones de vuelo. A partir de entonces sería utilizado
por la aviación gubernamental. Cuando aquella tarde tocaba a su
fin y tras dos horas de camino, una representación de la Corporación
municipal coronela, se personó en el sitio donde yacía el
cuerpo del subteniente italiano. Aquellos hombres buscaron un emplazamiento
adecuado en la vaguada existente al otro lado del camino y allí
le dieron respetuosa sepultura. Desde entonces esa vaguada sería
conocida como “Cañada del Piloto”, nombre usado principalmente por
los pastores trashumantes y los campesinos. En este lugar permanecería
sepultado dos años, hasta que los restos fueron trasladados al cementerio
de La Coronada. A tal efecto llegaron al pueblo en el verano de 1938, dominada
ya La Coronada y toda La Serena por el Ejercito Nacional, tres militares
italianos –uno de ellos comandante- pertenecientes a la Aviazione Legionaria.
Éstos se entrevistan con los nuevos regidores municipales y les
preguntan por el sitio en donde estaba enterrado Franceschi. Se les da
explicaciones y se marchan con la premisa de volver lo antes posible para
llevar a cabo el traslado del cuerpo y hacerle un funeral en toda regla.
Casi dos meses después de aquella visita, el 21 de octubre, los
restos mortales de Giorgio fueron por fin exhumados de su emplazamiento
en la vaguada de la finca Canalejas y llevados a La Coronada. Debido a
que la iglesia del pueblo continuaba todavía en un lamentable estado
de deterioro, no fue posible instalar en ella la capilla ardiente, por
lo que ésta se colocó en una casa cercana al templo, en la
Calle de la Iglesia. Allí pasó el cadáver de Franceschi
una noche, siendo velado hasta que al día siguiente fuera trasladado
acompañado de una banda de cornetas y con todos los honores hasta
el cementerio local en donde fue colocado en un nicho del mismo.
La calle del Pozo (hoy Antonio
Machado), que según se dice fue por la que entró el cadáver
del aviador en el pueblo, se le puso por entonces el nombre de Giorgio
Franceschi en su memoria; nombre que ostentó hasta el año
1.980. Pocos meses después de haber sido enterrado en el cementerio,
se presentaron en La Coronada familiares del piloto para exhumar nuevamente
los restos y llevárselos definitivamente a su ciudad natal: Roma.
CAPÍTULO 14.- LA PROMESA
DE QUEIPO DE LLANO.
Fue por aquellos días
de septiembre de 1.936, período en que La Coronada y toda La Serena
permanecían fieles a la República, cuando aconteció
sin duda uno de los hechos más singulares de todo el período
de Guerra Civil en nuestro pueblo, pese a ser poco conocido. Éste
fue debido en parte a lo sucedido con Franceschi. La decisión tomada
por los regidores locales de dar un respetuoso enterramiento al cuerpo
del piloto italiano caído en término coronel no cayó
en saco roto ni en el olvido, pues el gesto parece ser que llegó
a oídos del general Gonzalo Queipo de Llano, cabecilla y director
en Sevilla del golpe militar y también tristemente famoso por sus
proclamas o “charlas” en los micrófonos de Unión Radio de
Sevilla, arengas que utilizaba astutamente para desmoralizar a los enemigos
y, de igual manera, alentar a sus tropas y partidarios del golpe situados
en zona republicana. Este general supo ver el enorme potencial que tienen
los medios de comunicación de masas para el control de las mismas
y el gran poder de persuasión que demostraba la por entonces naciente
radiodifusión. Este medio lo utilizaba a diario con destreza como
un eficaz medio de guerra psicológica. Fue un auténtico pionero
y un maestro de la propaganda radiada, precursor, entre otros, de Hitler
y Goebbels, como desgraciadamente pudo comprobarse poco después
en la Alemania nazi. Pues bien, el general Queipo de Llano, según
el comentario generalizado de los habitantes en La Coronada y otros pueblos
de alrededor, adoptó una postura agradecida con el gesto que había
tenido el pueblo coronel hacia el piloto italiano caído en su término
municipal. Hizo una promesa difundiéndola por Unión Radio
de Sevilla que -siempre según el vecindario-venía a decir,
más o menos: “en deferencia al humanitario y piadoso gesto que ha
tenido el pueblo de La Coronada con nuestro piloto, este pueblo permanecerá
sin ser bombardeado por nuestra aviación". Y cumplió la promesa,
en La Coronada no cayó ni una sola bomba en todo su tiempo de permanencia
fiel a la República.
CAPÍTULO 15 .- LOS
VECINOS DE LA CORONADA Y UNOS DOS MIL REFUGIADOS, SANOS Y SALVOS.
Por un lado la promesa-garantía
difundida por el general Queipo de Llano en Radio Sevilla, de no bombardear
nuestro pueblo, fue corriendo como la pólvora de boca en boca por
las poblaciones cercanas entre los simpatizantes de ambos bandos. Por otro
lado los derechistas de estos municipios de alrededor, temerosos todos
de ser victimas de la represión marxista, eran conocedores de que
en La Coronada se respetaba la vida de todo el mundo y de que aquí
no había casos de “paseos” ni ejecuciones. Estas dos circunstancias
hicieron que numerosas familias acudieran a pedir refugio político
en nuestro pueblo. Los regidores locales republicanos se lo otorgaron a
todos los que lo pidieron, sin reservas y sin discriminación de
ningún tipo, y además no consentirían jamás
ninguna represión, ni la que podía ser ejercida por naturales
ni la que intentaban cada cierto tiempo los piquetes venidos de fuera del
pueblo. En repetidas veces los regidores locales coroneles expulsaron a
estos piquetes de forasteros, cosa que hacían jugándose literalmente
la vida en muchas ocasiones. Fueron, ante todo, hombres íntegros
y ecuánimes, que apostaron fuerte por la vida de la persona, de
todas las personas, y todo esto lo hicieron en medio de una muy cruenta
guerra. Este estado de cosas se prolongó durante todo el tiempo
que estuvo La Coronada bajo el mando republicano, o sea, hasta el 25 de
Julio de 1.938. El número de refugiados debió finalmente
acercarse a las dos mil personas entre hombres, mujeres y niños.
Todos consiguieron huir de una muerte bastante cierta. Acudían al
Ayuntamiento para solicitar asilo político y según iban llegando,
se les concedía por el sólo hecho de pedirlo, sin más.
Seguidamente se les asignaba una casa de entre las del pueblo para que
se alojaran en ella, acatando los moradores habituales de la vivienda la
decisión municipal, compartiendo de esta manera con los refugiados
el mismo techo. El censo de La Coronada en aquellos meses aumentó
hasta el punto de que estaban todas las viviendas coronelas “a reventar”,
porque en cada una de ellas habitaba la familia habitual de la casa más
una o dos familias de refugiados. Había de todo, pero fundamentalmente
aquella gente eran en su mayoría terratenientes, empresarios, políticos
de derechas, sacerdotes y religiosos, temerosos todos, tanto del terror
revolucionario, como de las bombas lanzadas sobre sus pueblos por la aviación
nacional. Su procedencia era muy diversa pero casi todos eran de localidades
cercanas: Villanueva de la Serena, Don Benito, Campanario, Valdetorres,
Rena, Medellín; aunque hubo también refugiada aquí
gente de Madrid. Todos ellos felizmente sobrevivieron al trance, disfrutando
además de una convivencia normal -dentro de lo que cabe en aquellas
circunstancias- basada en la paz y el respeto mutuo con los vecinos del
pueblo que los acogió, compartiendo entre todos lo que se tenía.
La Coronada, en aquellos duros tiempos, aparte de no ser bombardeada nunca
por la Aviación Nacional, fue un oasis de convivencia, porque se
apostó por la paz en medio de una guerra, para ejemplo de todos.
 |
|
fra020
|
EPÍLOGO.-
Giorgio Franceschi, sin
proponérselo, contribuyó a cambiar la suerte de los que habitaban
en La Coronada durante la Guerra Civil, formando parte, ya para siempre,
de la historia de nuestro pueblo. Raffaele Chianese, uno de los dos pilotos
que aquella mañana de septiembre del 36 acompañaban en su
última patrulla a Giorgio Franceschi el día de su pérdida,
acaba de morir el pasado día 6 a los cien años de edad, uno
más que los que hubiese cumplido Giorgio el 17 de junio. Chianese
ha dejado escritas –a través de su hijo - sus memorias como piloto
del italiano 4º stormo de caza, conteniendo en ellas su participación
en la confrontación civil española. En estas memorias describe
el combate aéreo, que a la postre sería el último,
realizado junto a Franceschi el día en que éste se extravió.
Muy posiblemente Chianese haya sido el último de todos aquellos
pilotos italianos que lucharon con sus Fiat CR-32 en los cielos de España
que aún quedaba con vida. Por suerte sí vive aún,
y con buena salud para sus 92 años cumplidos, uno de aquellos mozos
coroneles que se aventuraron a acercarse al avión de Franceschi
desde el molino de Santa María, para así poder observarlo
de cerca. En la mala fortuna que tuvo Franceschi el 16 de septiembre de
1.936, mediaron, a mi parecer, algunos factores que fueron determinantes
y que hicieron que la balanza de la suerte se decantara del lado de la
fatalidad, y que fueron los siguientes: -La trágica pérdida
de su compañero Ernesto Monico unos días antes. Mejor dicho,
la forma que tuvo de morir, porque -tras lanzarse en paracaídas-
fue ejecutado en el acto al ser apresado, sin ningún tipo de opción.
Si esta muerte no se hubiera producido de esa manera, posiblemente Giorgio
no hubiese adoptado la postura de plantarles cara, pistola en mano, a los
milicianos que le dieron el alto. Es bastante posible que tras rendirse
hubiese podido conseguir el status de prisionero de guerra y poder optar
de esta manera a la realización de un canje de prisioneros -cosa
frecuente a lo largo de la contienda-, como así le ocurrió
a otros compañeros suyos, incluyendo a Raffaele Chianese. -No aterrizó
junto a La Coronada. Si en vez de tomar tierra en la zona de confluencia
de los ríos Zújar y Guadiana, a una legua y media (ocho o
nueve kilómetros) de nuestro pueblo, lo hubiese hecho en algún
ejido o barbecho a las afueras de la población, muy posiblemente
hubiese podido hacer como tantos otros hicieron en aquellas fechas: pedir
asilo político en el Ayuntamiento. Éste se le hubiera concedido
al igual que a todos los demás, salvando muy posiblemente la vida
de esta manera.
FUENTES CONSULTADAS:
- “Primo e ultimo”, Libro
de memorias de Raffaele Chianese incluido en la página www.asso4stormo.it.
- www.asso4stormo.it/arc2/raf/raf2_spa.htm
(traducción de David Gesalí i Barrera).
- Testimonio oral de uno
de los mozos que fueron a ver el avión después de haber aterrizado
en Quinto Vacas.
- “La Coronada: personajes
de su historia”, libro escrito por Juan José Arias Moreno.
- “Un americano a Gorizia”,
libro de memorias escrito por Joseph Vincent Patriarca -miembro de la segunda
expedición a Melilla-, incluido en la página asso4stormo.it.
- Memorias de GianLino Baschirotto,
compañero de la expedición de Franceschi, contenidas igualmente
en la página asso4tormo.it.
- Colecciones fotográficas
diversas, contenidas en asso4stormo.it.
- usuarios.multimania.es/mrval/GC
- “Fiat CR-32 Chirri”, libro
de Juan A. Guerrero, editorial San Martín.
- “Yo fui piloto de caza
rojo”, libro de Francisco Tarazona, Editorial San Martín.
Confío en que los
hechos aquí narrados hayan sido de vuestro agrado y os halláis
entretenido con ellos. Asimismo espero que podáis haber ampliado
conocimientos sobre el tema referido, esa al menos ha sido mi intención.
Wenceslao Corral
.
 |
|
fra006
|
 |
|
fra007
|
 |
|
fra008
|
 |
|
fra009
|
 |
|
fra012
|
 |
|
fra013
|
 |
|
fra014
|
 |
|
fra015
|
 |
|
fra016
|
 |
|
fra019
|
 |
|
fra021
|